eléctricas a veces, la dirigí frente al espejo, para que además de ella, yo también pudiese ver todas sus muecas, sentir sus gemidos y acariciarlos con la mirada complicada de dos extraños, la envestí duramente, pero a pesar de ello, entro muy suave, la lubricación ya estaba hecha, con restos de su propio ser, y es algo que las mujeres agradecen mucho, la levante del suelo, con sus alas rozó el techo, y la volví a embestir, esta vez con más sutileza y fuerza, mis movimientos cambiaban de orientación y